El patito feo

Tiempo de lectura: 15 minutos
Edad: 4 años
Valores: es bueno quererse a uno mismo tal y como se es.
Era verano y el campo estaba precioso con los trigales amarillos, los prados verdes y el cielo azul. Cerca del bosque había una granja y allí se encontraba
la señora pata empollando sus patitos. Estaba aburrida: los polluelos tardaban en salir y nadie iba a visitarla. Sus amigas preferían bañarse en el canal a estar de palique con ella.
-¡Vaya unas amigas! ¡Nunca están a tu lado cuando las necesitas!
Iba a seguir quejándose cuando oyó el crujido de un cascarón.
-¡Parece que, por fin, van a salir del huevo!
-¡Pío, pío, pío! –dijeron todos al asomar la cabeza.
-¡Cua, cua, cua! –les respondió mamá pata, animándoles a que corriesen por la hierba.
-¡Jo, qué grande es el mundo!
-exclamó uno de los patitos, que estaba muy contento al ver que tenía más espacio que en el huevo.
-Hijo, esto solo es el corral de la granja. El mundo es muchísimo más grande y llega más allá del bosque que vemos a lo lejos.
Mamá pata paró de hablar, se quedó embobada mirando a sus patitos y exclamó:
-¡Bueno, ya estáis todos aquí!
Entonces, la señora pata se levantó y descubrió un huevo grande, oculto entre la paja de su nido.
¡Lo que me faltaba! ¡Aún queda un huevo! ¡Y qué grande y raro es! ¡No puede ser! En fin, terminaré de empollarlo…
En ese momento, pasó por allí una vieja pata que, tras mirar detenidamente el huevo, exclamó:
¡Es un huevo de pavo, no hay duda! Lo sé porque una vez empollé uno. ¡Menudos problemas que tuve! Por más que lo intentaba, no había manera de que el
pollito se metiese en el agua.
Te aconsejo que dejes ese huevo y te vayas a nadar con tus patitos.
-Llevo tanto tiempo acurrucada que me da lo mismo esperar un poco más.
Y la espera fue larga. Pero como todo llega en esta vida, el polluelo finalmente rompió el cascarón del huevo.
-¡Piu, piu, piu!
La señora pata lo miró extrañada.
¡Qué grande es! ¿Será un pollo o un pavo? En cuanto vea el agua lo sabré.
Y mamá pata se llevó a sus pollitos al canal.
¡Al agua, patos! –gritó mamá pata.
Todos se tiraron al canal y nadaron, incluido el patito enorme y feo.
¡Este pollito también es hijo mío! ¡Y no es tan feo, solo hay que mirarlo con cariño!
Gritó mamá pata a los cuatro vientos.
Mamá pata salió del agua y esperó a que hicieran lo mismo todos sus patitos. Cuando estuvieron a su lado les dijo:
-Ahora, vamos a ir al corral. Quiero presentaros a nuestros vecinos. Procurad ser muy educados y no os separéis de mi lado.
En el camino se encontraron con una pandilla de patos jóvenes que, al ver a la pata con sus patitos, se burlaron:
¡Como éramos pocos…! ¡Mirad esa birria! ¡Vaya pinta! –gritaban, señalando al patito feo.
No contentos con eso, uno de aquellos patos se acercó al patito feo y le dio un picotazo.
-¡Déjale, grandullón! ¿No te da vergüenza? –le gritó mamá pata-. ¿Quieres que yo haga lo mismo contigo?
La pata más noble del corral, que observaba atentamente la escena, también opinó:
-La verdad es que tiene usted unos patos preciosos, pero ese –dijo señalando al patito feo– no parece pato ni nada.
-Señora, es verdad que el patito es grande. Pero si usted lo mira detenidamente, se dará cuenta de lo hermoso que es. Estoy segura de que, cuando sea
mayor, será el más guapo de todos.
El pobre patito tuvo que aguantar aquella tarde muchísimos desprecios, empujones y picotazos; hasta los pollos de las gallinas se burlaban de él.
Ese fue su primer día en el corral, pero a partir de entonces las cosas fueron de mal en peor. Incluso sus hermanos le gritaban:
¡Cuello largo, plumas cortas!
Todos los habitantes del corral lo maltrataban, incluida la chica que les traía la comida. Tanto sufría el pobre patito feo que, un buen día, se fue
volando de allí.
Triste y solo, el patito feo caminó toda la tarde; al anochecer, cansado y hambriento, se echó sobre la hierba. En cuanto amaneció, lo despertaron las
voces de dos patos silvestres. Uno preguntaba al otro:
¿Habíais visto alguna vez un pato tan feo?
Los patos se echaron a reír y alzaron el vuelo.
Hubieran seguido riéndose, de no ser por los disparos de unos cazadores que acabaron con su vida. El patito, asustado, se escondió entre las cañas.
Al poco tiempo, oyó un ladrido a su espalda y se volvió. Un perrazo de fiero aspecto se le quedó mirando fijamente, puso cara de asco y se dio la
vuelta.
¿Tan feo soy que ni los perros se atreven a morderme?
Cuando los cazadores se alejaron de la laguna, el patito reanudó su marcha. A media tarde, vio una casa entre los árboles.
Como la puerta estaba abierta, entró, se acurrucó en un rincón y se quedó dormido.
Al amanecer, lo descubrieron el gato y la gallina que vivían con una señora en aquella casa.
¿Sabes arquear el lomo y hacer ronrón? –quiso saber el gato.
-No -contestó el patito feo.
¿Sabes poner huevos?
Le preguntó la gallina.
-Tampoco -contestó el patito.
-Pues si no sirves para nada, nuestra ama no va a querer que vivas con ella –dijo la gallina.
El patito, avergonzado por su inutilidad, agachó la cabeza y se fue.
Cuando el otoño llegó, el pobre pato seguía yendo de acá para allá. Comía lo poco que encontraba y dormía donde le pillaba el sueño. El tiempo fue pasando
y llegó el invierno con la nieve y el hielo.
Un día que el pato nadaba en una charca, quedó aprisionado entre los hielos. Muerto de miedo, el pato lloraba y decía: ¡Voy a morir, nadie podrá salvarme
esta vez! Menos mal que un campesino lo vio. Le dio tanta pena el pobre animal que lo sacó de la charca y se lo llevó a casa. Al verlo, su mujer exclamó: ¡Qué gracioso! Voy a avisar a
los niños de que les has traído un pato.
Los niños se pusieron tan contentos que empezaron a gritar y a perseguirlo para jugar con él. Pero como el patito creía que querían hacerle daño, se
echó a volar y, de un aletazo, tiró la jarra de la leche.
La mujer, muy enfadada, fue tras él con un palo. ¡Menos mal que estaba abierta la puerta de la casa! El patito abrió las alas y no paró de volar hasta
el bosque, donde se refugió entre unos matojos. No hubo ni un solo día de aquel invierno que el probrecito no llorase su desgracia.
Y llegó la primavera. Una tarde que no sabía qué hacer, el patito se fue volando hasta el estanque de un parque y se sorprendió al ver tanta
belleza.
¡Qué bonito es todo en este lugar! Hay árboles, flores y…
…También había cisnes.
El patito se quedó tan embobado mirándolos que no pudo decir palabra. Tanto le gustaron aquellas hermosas aves que decidió ir a su encuentro.
Mientras se acercaba se decía:
Estoy convencido de que me van a acribillar a picotazos. Pero ¡me da igual! Nadie me impedirá contemplar tanta belleza.
Ya iba por la mitad del estanque cuando, de pronto, bajó la cabeza y observó su figura reflejada en las aguas cristalinas.
¡Es increíble! ¡Debo de estar viendo visiones!
Lo que el patito veía en el agua era el cuerpo de un cisne esbelto y elegante.
¡Ya no soy un pato feo! ¡Soy un cisne! ¡Soy yo! Dejó de mirarse y volvió a nadar. Mientras movía las patas, iba diciendo:
¿No será que el cansancio, el frío y el hambre me hacen ver lo que no hay?
Pero, entonces, oyó a unos niños que gritaban: ¡Eh, mirad, mirad! ¡Hay otro cisne y es el más bonito de todos!
Poco después, los demás cisnes se acercaron a él para saludarlo. Entonces, el patito feo levantó la cabeza y se sintió inmensamente feliz. ¡Al fin había
encontrado a los suyos!
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