El señor Lezna y su manía de criticarlo todo
El Sr. Lezna era un hombre pequeño, delgado y siempre inquieto. No podía quedarse quieto ni un minuto y siempre encontraba algo que corregir en todo lo que hacían los demás. Tenía el cabello gris y despeinado, unos ojos diminutos que no paraban de moverse y una nariz respingona.
Si pasaba por la calle y alguien estaba barriendo, le decía:
No, no, no… Así no se barre, lo estás haciendo mal. ¡Mira cómo se hace!
Y tomaba la escoba para dar una demostración, aunque nadie se la hubiese pedido.

Era zapatero de oficio, pero trabajar con él era un verdadero reto. Ningún aprendiz duraba más de un mes en su tienda, porque siempre tenía algo que criticar:
¡Ese zapato está demasiado ancho! – decía.
¡Las puntadas están torcidas!
¡Ese cuero está muy duro!
Y cuando estaba muy molesto, daba golpecitos con su martillo en la mesa, haciendo que todo temblara.
En casa tampoco era diferente. Si su esposa encendía el fuego en la cocina, corría a decirle:
¡Pero qué desperdicio de leña! ¡No hace falta tanto fuego!

Si los vecinos pintaban su casa de azul, él murmuraba:
¡Azul! ¿En qué estaban pensando? ¡Ese color se desgasta muy rápido!
Un día, el Sr. Lezna tuvo un sueño muy curioso. Soñó que había llegado al cielo y golpeó la puerta con fuerza:
¡Deberían poner un timbre aquí! – refunfuñó.
San Pedro le abrió la puerta y le dijo:
Puedes entrar, pero hay una regla: aquí no se puede criticar nada.
¡Ah! Eso no será problema – respondió el Sr. Lezna -. Aquí todo debe ser perfecto.
Pero en cuanto entró, comenzó a observar con atención. Vio a dos ángeles cargando una gran viga de madera, pero la llevaban de una forma que a él le pareció extraña.
Mmm… No diré nada – se dijo a sí mismo.

Luego vio que algunos ángeles estaban echando agua en un barril con agujeros. El agua se escapaba por todos lados.
¡Pero qué tontería! – pensó, aunque se mordió la lengua para no decirlo en voz alta.
Hasta que vio un carro atascado en un agujero. Unos ángeles engancharon caballos para sacarlo, pero pusieron dos delante y dos detrás.
¡Pero así nunca lo van a sacar! – gritó sin poder evitarlo -. ¿Quién engancha caballos delante y detrás a la vez?
En ese momento, un ángel lo tomó de la chaqueta y lo echó fuera del cielo. Desde afuera, el Sr. Lezna vio que los caballos tenían alas y simplemente levantaron el carro en el aire.
Entonces despertó, sorprendido. Se quedó un momento pensativo y suspiró:
Bueno… tal vez no siempre tengo razón… ¡Pero sigo pensando que ponerle alas a los caballos es una idea muy rara!

Y aunque siguió siendo un poco criticón, desde ese día intentó pensar dos veces antes de hablar.
Moraleja:
Criticarlo todo sin reflexionar puede traernos problemas y alejarnos de los demás. El Sr. Lezna creía que siempre tenía razón y se metía en todo sin pensar en cómo afectaba a los demás. Pero cuando llegó al cielo, se dio cuenta de que las cosas podían funcionar de maneras que él no entendía. Al final, aprendió que es mejor observar y pensar antes de criticar, porque no siempre sabemos toda la historia.
En resumen: antes de juzgar o corregir a los demás, es bueno detenerse, escuchar y tratar de entender su perspectiva.
¡FIN!
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