Las hermanas del bosque (interactivo)

escena 1

En una pequeña casita junto al bosque vivía una viuda con sus dos hijas: Blanca y Roja. Frente a su casa crecían dos hermosos rosales, uno de flores blancas y el otro de rojas, igual que el color del cabello de las niñas. Blanca era tranquila y amorosa, le encantaba leer y ayudar en casa. Roja, en cambio, no paraba quieta, siempre estaba corriendo, trepando árboles y explorando el bosque.

A pesar de sus diferencias, las hermanas eran inseparables.

-¡Nunca nos separaremos!

—¡Nunca jamás! -La otra respondió.

La madre sonreía y añadía:

—¡Y lo que sea de una, será de la otra!

Las niñas pasaban mucho tiempo en la naturaleza. Los animales parecían quererlas tanto como ellas a ellos. Un ciervo descansaba a su lado, un pájaro azul les cantaba canciones y hasta una liebre comía de su mano. Nunca les pasaba nada malo en el bosque… bueno, hasta que conocieron al misterioso oso.

Una noche de invierno, mientras las tres estaban sentadas junto al fuego, alguien llamó a la puerta.

escena 2

—¡Voy yo! —dijo Roja, pensando que era un viajero en busca de refugio.

Pero cuando abrió, ¡allí estaba un enorme oso negro con la nariz llena de nieve!

—¡AHHHHHHH! —gritó Blanca escondiéndose detrás de la cama.

—¡OH, NOOOOO! —chilló Roja, trepándose a una silla.

—Tranquilas, tranquilas… —gruñó el oso con una voz profunda—. Estoy muerto de frío, ¿puedo entrar un ratito?

—¡Ay, pobre oso! —dijo la madre—. Ven y caliéntate junto al fuego, pero nada de pisotear la alfombra.

Las niñas, aún nerviosas, se acercaron poco a poco. El oso era grande, sí, pero tenía cara de bonachón. Incluso les pidieron que lo sacudieran para quitarse la nieve de encima. ¡Vaya sorpresa cuando Blanca y Roja le pasaron una escoba y él gruñó de placer!

El oso se quedó en casa y pronto se volvió su amigo. Las niñas jugaban con él como si fuera un gran peluche vivo. A veces lo usaban como almohada, a veces le hacían cosquillas en la panza y otras le jalaban las orejas.

—¡Dejadme vivir, Rositas! —decía él entre risas—. ¡Si me martirizáis así, estaréis golpeando a vuestro futuro novio!

¿Qué animal comía de la mano de Blanca y Roja?

1. Una liebre.
2. Una ardilla.
3. Un cervatillo.

escena 3

Pasó todo el invierno con ellas, pero cuando llegó la primavera, una tarde el oso dijo:

—Debo irme.

—¡Nooo, quédate! —protestó Roja.

—Tengo que proteger mis tesoros de los enanos malvados —explicó el oso—. Ahora que el sol ha calentado la tierra, ellos intentarán robarlos. Cuando el oso cruzó la puerta, su piel se enganchó en el pestillo y Blanca juraría haber visto algo dorado bajo su pelaje… pero tal vez fue su imaginación.

Unos días después, la madre envió a las niñas al bosque a buscar leña. Mientras reconocían ramas secas, oyeron un gritito desesperado.

—¡Ayuda, ayuda, torpes humanas!

Era un enanillo con la barba atrapada en el tronco de un árbol. Brincaba y manoteaba como un pez fuera del agua.

—¡Ya nos insultaste antes de que te ayudemos! —dijo Roja cruzándose de brazos.

—¡Tonta curiosa! ¿No ves que estoy atrapado?

Blanca sacó unas tijeritas y con mucho cuidado cortó la barba del enanillo.

—¡Malditas niñas! ¡Mi preciosa barba! —gruñó el enano, tomando un saco de oro y corriendo sin dar las gracias.

Días después, las niñas lo encontraron de nuevo en problemas: un pez lo arrastraba al río porque su barba se había enredado en el sedal.

—¡No otra vez! —dijo Roja.

—Tendremos que cortarle la barba otra vez… —suspiró Blanca.

—¡Ni se os ocurra, brujas! —gritó el enano.

Pero tras otro tijeretazo, el enanillo se soltó. Enfadado, tomó un saco de perlas y desapareció.

¿Dónde se escondió Blanca cuando vio al oso que llamó a la puerta?

1. Dentro del armario.
2. En la despensa de comida.
3. Detrás de la cama.

Final

Más tarde, en un campo de piedras, las niñas lo vieron por tercera vez. Esta vez estaba rodeado de joyas preciosas.

—¡Porqué os paráis ahí con cara de babosas! —las gritó.

Justo en ese momento, apareció el oso corriendo a toda velocidad.

—¡Nooo, espera, querido oso! —gritó el enanillo—. ¡Mira qué tesoros tan bonitos tengo para ti! ¡Pero no me comas! ¡Come mejor a esas dos niñas, que están bien gorditas!

El oso soltó un gruñido, levantó su enorme pata y… ¡ZAS! De un zarpazo, el enano desapareció en una nube de polvo.

Blanca y Roja se quedaron boquiabiertas.

—¡Oso, qué hiciste! —exclamó Blanca.

Pero, de repente, el oso se sacudió y su piel de oso cayó al suelo. Donde antes estaba la bestia, apareció un joven apuesto con un traje dorado.

—¡Era un príncipe encantado! —susurró Roja.

El príncipe explicó que el enano le había lanzado un hechizo para convertirlo en oso y robar sus tesoros. Ahora que el enano había recibido su merecido, la maldición había terminado.

El príncipe se casó con Blanca, y su hermano —porque claro, tenía un hermano—, con Roja. Juntos, se llevaron a su madre a vivir con ellos en su castillo.

Y, por supuesto, también trasplantaron los rosales blancos y rojos, para que siguieran floreciendo junto a su ventana por siempre jamás.

¿Qué creyó ver Blanca bajo el pelaje del oso?

1. Algo dorado.
2. Unas galletas.
3. Un reloj de cadena.

FIN

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