Natalia en la ciudad

Natalia estaba cansadísima. Muy temprano habían ido en auto hasta la estación. Luego, el ferrocarril. Natalia veía pasar montes y más montes, y un río, y un llano, y campos. Y el ferrocarril:
chaca-chá, chaca-chá. Y una estación… Chaca-chá, chaca-chá. Y otra chaca-chá, chaca-chá, hasta llegar, al anochecer, a la ciudad, donde pasarían unos días en casa de sus tíos y su primo Gustavo.
En la estación, cargaron los bultos en un taxi y empezaron el último tramo del viaje. Calles llenas de autos, gente, y una plaza, y calles, y un semáforo, y gente, y otro semáforo…
Natalia estaba agotada. Por eso, cuando al fin se acostó, se quedó dormida al instante.
-Natalia, a levantarse, que hace un día estupendo.
Era la voz de tía Emilia. La noche anterior, todo en la ciudad le había parecido oscuro, extraño… Pero, al entrar al comedor, se quedó maravillada. Sus tíos vivían en la parte alta, en la
ladera de la montaña, y desde allí se divisaba todita la ciudad. A sus pies vio un laberinto de edificios, altos, medianos y bajos.
-¡Son rascacielos! -exclamó.
Las calles, como surcos abiertos entre los edificios, se entrelazaban como en una maraña de hilos revueltos.
-¡Qué lindo el cielo, tan azul! -dijo Natalia.
Y entonces, en el horizonte, descubrió otro azul más intenso salpicado de reflejos de luz.
-¡El mar! -exclamó.
-Gustavo y tu tío te esperan en la calle para dar un paseo en bicicleta hasta el mar -le dijo su tía.
-¡Bravo! -exclamó Natalia. Y en un instante se zampó su tazón de leche con galletas y salió a la calle.
Empezaba para ella la aventura en la gran ciudad.
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