EL sapo y los niños traviesos
Cada tarde, un niño merendaba en el patio con su taza de leche y panecillo. Siempre tenía un invitado especial: un simpático sapo que saltaba de un agujero y se unía a la fiesta. Mientras el sapo sorbía la leche, el niño cantaba:

«Sapo, sapo, ven ligero;
ven y serás el primero.
Te daré migajitas
en leche empapaditas».
A cambio, el sapo le traía piedritas brillantes y canicas mágicas. Todo iba bien hasta que un día el niño le dio un golpecito en la cabeza con la cucharita y dijo:
¡Tienes que comer pan también!
La mamá, que vio la escena, pegó un grito y espantó al sapo. Desde entonces, el niño estuvo triste y su merienda perdió la magia.
Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, una niña descubrió a otro sapo. Le tendió un pañuelo azul y el sapo, emocionado, trajo una corona dorada. Pero la niña, en vez de esperar, tomó la corona y el sapo se marchó muy triste.
Una noche, ambos niños salieron al jardín y, sin saberlo, llegaron al mismo lugar. Dos sapos con coronas doradas aparecieron y, al verlos, los niños entendieron que sus amigos solo querían compartir su magia.

Devolvieron las coronas y, en un destello de luz, los sapos se transformaron en pequeños duendes.
¡Gracias por confiar en nosotros! Como recompensa, les concedemos un deseo.
El niño pidió volver a merendar con su sapo, y la niña, encontrar un hogar feliz.

Desde entonces, los niños se volvieron grandes amigos, los sapos volvieron a la merienda y la magia de la amistad llenó sus vidas.
Y así termina esta historia… con pan, leche y mucha diversión.
FIN!
--FIN--
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