El vuelo del ícaro

Dédalo era un famoso inventor griego que durante mucho tiempo estuvo al servicio del rey minos en la isla de creta. Un día, el rey se enfadó con él y quiso castigarlo. Dédalo decidió huir. Pero
sabía que si huía, el rey apresaría a su hijo ícaro para vengarse.

Así pues, dédalo decidió llevarse a ícaro consigo.

Como no tenían el tiempo para construir una embarcación, dédalo pensó que podrían abandonar la isala volando. Pero, para ello, necesitaban unas alas como las de un ave.

El inventor construyó unas estructuras que imitaban las alas de un pájaro con palos de madera. Después, las cubrió con plumas, que pegó cuidadosamente con cera de abeja.

Antes de emprender el vuelo, dédalo advirtió a ícaro que debía evitar volar demasiado cerca del mar.

-¿Y eso por qué? -preguntó ícaro.

-la humedad podría estropear las alas -contestó dédalo-. Tampoco te acerques al sol, porque el calor podría derretir la cera -advirtió el padre.

Pero, cuando ícaro se sintió libre como un pajaro, olvidó las palabras de su padre.

Atraído por la brillante luz del sol, voló hacia el gran astro. A medida que se acercaba al sol, el calor era más intenso y la cera se ablandó hasta derretirse.

Las plumas de las alas de ícaro empezaron a desprenderse y, finalmente, el chico cayó al mar.

Débalo lo buscó desesperadamente. Pero lo único que encontró fueron unas plumas que flotaban en la superfcie del agua.

Fin

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