Menestra de monstruos

¡Lucía odiaba la menestra de verduras!
Odiaba su olor.
Odiaba su sabor…
Odiaba su color…
¡Le parecía un montón de monstruos pringosos dentro de un plato!
-Lucía… ¿Te has comido la menestra? -le preguntó papá desde la cocina.
Lucía no se atrevió a contestar porque solo se había comido
una judía verde.
¡Le resultaba imposible tragarse todos aquellos monstruos pringosos!
Los guisantes, unos malvados monstruos redonditos, empezaron a meterse
con Lucía: -¡Ji, jo, ji! ¡Te van a pillarrrr!
La zanahoria, un monstruo naranja (el menos malo de todos), intentaba
animarla: -¡Anda, cómeme, que estoy muy rica!
El pimiento, el tomate y las acelgas, los peores monstruos del plato, cantaban:
-¡Ja, ja, ja! ¡Te van a castigarrrr!

De pronto, Lucía se fijó en una planta que había en el comedor. Parecía hambrienta.
Si mamá le da agua para beber, ¡un poco de comida le
vendrá bien!, pensó. ¡Y echó la menestra en la maceta!
-¿Te has acabado ya la menestra?
-insistió papá desde la cocina.
-Pssí… -contestó Lucía en voz bajita.
¿Y qué pasó cuando Lucía echó la menestra en aquella maceta?
Pues que las verduras empezaron a crecer y a crecer…
La menestra de verduras invadió la casa.
La alcachofa se transformó en una enorme lámpara.
Las acelgas se convirtieron en unas gigantescas cortinas verdes…
Los champiñones se transformaron en una mesa con sus sillas.
Las judías verdes se convirtieron en una puerta.
Y lo peor fue la transformación de los guisantes… ¡Qué horror!

Los guisantes se convirtieron en unos seres enormes y verdes
que sonreían mientras decían:
-¡Te hemos pilladoooo! ¡No te has comido la menestraaaa!
A Lucía no le quedó más remedio que confesar…
Tuvo que limpiar la maceta y esta tarde se quedó sin jugar.
Desde ese día, Lucía decidió que siempre se comería la menestra… ¡Sin rechistar!
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