Platero

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Venía, a veces, flaco y enfermo, a la casa del huerto. El pobre andaba siempre huyendo, acostumbrado a los gritos y a las piedras. Los mismos perros le enseñaban los dientes. Y se iba otra vez,
con el sol del mediodía, lento y triste, monte abajo.

Aquella tarde, llegó detrás de diana. Cuando yo salía, el guarda, que en un arranque de mal corazón había sacado la escopeta, disparó contra él. No tuve tiempo de evitarlo. El pobre, con el tiro
en la barriga, se volvió rápidamente un momento, dio un aullido, y cayó muerto bajo un árbol.

Platero miraba el perro fijamente, levantando la cabeza. Diana, temblando, andaba escondiéndose de uno en otro. El guarda, arrepentido quizás, daba largas razones no sabía a quién. Un velo
Parecía poner de luto el sol; un velo grande, como el velo pequeñito que nubló el ojo sano del perro muerto.


Juan ramón jiménez

--FIN--

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